Soy un destilado de Amor Eterno

 

Y la humanidad, en su fracción prepotente, se hace cada vez más extensiva en sus objetivos, intenciones y propuestas, llevando el mensaje a cada ser de que su destino depende de su sacrificio, obediencia, trabajo, ganancia, poder, ¡triunfo! 

Y en esa línea de dominador... –dominador de todo el entorno, pero en principio, dominador de humanidades-, la prepotencia de la fracción de humanidad que explota, persigue, domina, controla, la que saca sus conclusiones de estadísticas demoledoras, siempre inferiores a lo real, nos muestra un panorama de opresores y oprimidos.

Nada original, si repasamos las historias. 

Parece que “tanto tienes, tanto vales”“querer es poder”“tú puedes con todo”… y esos largos eslóganes de ejemplos en los que aquél y el otro lograron, gracias a su esfuerzo, a su dedicación... 

¿Y los millones que también se esforzaron y se dedicaron, y no llegaron? Y no llegaron porque, entre el poder y la servidumbre, hay filtros de selección. 

Hay un “numerus clausus”. Y aunque aumentan los ricos en pequeña proporción, aumenta la pobreza en gran proporción. 

En tiempos relativamente recientes –sí, desde la óptica histórica- había... –y hay todavía, sí, pero muy camuflado, muy virtual- una llamada “clase media” de humanos, que no eran servidumbre, no eran poderosos, pero guardaban la apariencia. Era la burguesía que se había sublevado para ser como los monarcas y herederos de tronos y potestades; que con sus logros –económicos, sobre todo- conseguían estar ahí, jadeando por llegar a las excelsas instancias de poder... intermediarios entre la ignorante y explotada servidumbre, y la demanda de los poderosos, y aspirando –claro- a ser más. 

Ese modelo era interesante, en cuanto que se conseguía casa, coche y césped para cortar –que no falte el césped, por favor-; una familia estable y... una barbacoa semanal. 

“American Beauty”. Modelo ya extendido.

¡Pero, la vanidad! –¡ay, la vanidad!-… esa prepotencia personal, esa creencia endiosada de vivir en la verdad, se hizo esclavista y muy jadeante para aspirar a los puestos gobernantes. 

Así que, ante esa tesitura, se fue corrompiendo

Y en su corrupción, se hicieron servidumbres desagradables, quejumbrosas. Nada les gustaba. Nada apreciaban. Todo era malo. 

Y así van: progresivamente contaminando más aún a los menesterosos. Pero, sin duda, un triunfo de los poderosos, que, si bien precisaban de unos “intermediarios”...; siguen siéndolo, de alguna manera, pero ya sin ninguna posibilidad de alcanzar el liderazgo, salvo en sus guetos particulares. 

Convertidos en esclavistas, los medios se defienden entre la vulgaridad y el abuso de la ignorancia de los menesterosos. Y así, realmente se constituye una élite... y el resto. 

Mientras el resto aspire... –porque inducidos y educados han sido- a ser élite, nada va a cambiar. 

La burocracia bloqueará cualquier aspiración; agotará cualquier esperanza. 

El castigo será la recompensa. Sí. 

La persona se sentirá justamente castigada por no haber logrado, por no haber llegado, por no saber, ¡por no tener!... 

Plan perfecto de exterminio: siéntete culpable de no haber alcanzado, de no haber tenido, de no haber logrado. Y así vivirás desesperado, y justificado el que te castiguen. 

Y te harás gueto menesteroso que suspira por una élite inalcanzable: esa que pone el precio a la manzana que te comes; esa que pone precio a la salud que tienes; esa que te ha comprado y vendido varias veces. 

Puede parecer un panorama desolador. 

Ese sería el primer error a la hora de contemplar, nos avisa la Llamada Orante. ¡No! No, no, no, no. No es desolador, ni es desalentador, ni es terrible. Es. ¡Quitemos!... quitemos esos adjetivos calificativos que cierran la puerta ante cualquier modificación: “¡Es desolador!, ¡es terrible!”. Sí. ¿Y?

El Papa Francisco realiza la publicación de una Encíclica en la que enumera los horrores de la humanidad. Como si no nos hubiéramos dado cuenta de que el hambre es mala, que la guerra es terrible, que la prostitución es desoladora... Y así sucesivamente, enumera las... ¡como si no nos hubiéramos dado cuenta! Como si con ese aviso hiciera cambiar. 

Bien está darse cuenta y ver, pero no darlo por zanjado. 

Darlo por lo que está ahora.

Y la Llamada Orante nos sitúa en ese “ahora”... y evita condenarlo. 

Es el tiempo de supremacía de la especie. En una fracción de ella, claro. 

Si bajamos el índice de fertilidad, si aumentamos las guerras, si promovemos la enfermedad a través del estrés permanente, si acrecentamos los recursos alimentarios de forma manipuladora... conseguiremos una reducción notable de individuos –que precisarán, lógicamente, menos recursos- y más espacios disponibles para los supremacistas. 

No es difícil darse cuenta. 

Sí. El aspecto es desolador, sí. O –como se diría- “apocalíptico”. Que está mal empleada la palabra, pero vale, se entiende; que se traduce como... “terrible”. 

Pero –a nivel orante- el Misterio Creador, lo que tiene “diseñado” –permitamos, para entender- para esta especie, ¿es... la desolación?, ¿es la destrucción total? ¿La vida se ha gestado para demolerse?

La Llamada Orante nos sitúa en otra disposición, en la que no juzgamos: meditamos; en la que no condenamos: contemplamos. Y eso nos permite mantener una posición sin vanidad, sin aspiraciones de poder, sin obsesiones de seguridad, sin temores por perder.

Y configurarnos en diminutas unidades en las que no se contamine, el ser, con sus aspiraciones; no se convierta en prejuicioso reclamante de dominios. Sí: que pase como servidumbre, sin serlo. 

Porque el ser es, realmente, lo que cree. Y el creer es lo que realmente ama. Y el amar es lo que realmente nos libera. 

Si sabemos permanecer en esas coordenadas, no hay que temer, ni envidiar, ni prejuiciar, ni juzgar, ni condenar. 

Hay que testimoniar, hay que realizar, hay que estar en la creencia continuada, en el orar perseverante: aquello que nos da la perspectiva liberadora.

La egolatría del poder pretende convertir, todo, en su modelo de divina humanidad. 

Es ese espejismo de felicidad, que se vende y que, claro, nunca se sacia. Esa es su meta: creación de insaciables consumidores que aspiran a ser felices.

La Llamada Orante nos llama a sentirnos intermediarios de la Creación. “Intermediarios” en el sentido de provenir de ella. Nos llama a ser servidores de lo invisible, y ‘testificadores’ de nuestro compromiso. 

La Llamada Orante nos reclama una disposición de encontrar sus designios, de evaluar sus revelaciones, de incorporar esas muestras “casuales”... que aparecen de manera inesperada; que la mayoría de las veces –claro- perturban la paz burguesa de la mediocridad. 

No gusta que lo “seguro” obtenido en la mansedumbre de la servidumbre pueda ser perturbado por un amor inesperado, por un descubrimiento sorprendente, por una idea reveladora.

La vida, desde la óptica del Misterio Creador, no es una domesticada expresión de lo material. No somos domésticos y esclavos. No es nuestra función domesticarnos. 

Así se plantea la cultura y la educación: en domesticar al ser, y hacerle y convertirle en... –como dicen los políticos ahora- en “hombres de bien”. 

¿De “bien”? ¿De qué “bien”?

Al contemplar, al meditar, al orar en torno a lo que transcurre, al visionar la universalidad de los procesos, podemos adquirir el firme propósito de que no somos domesticados, que no hemos venido a que nos domestiquen. 

Que somos servidores de eternidades, liberados. 

Y para ello no necesito la pistola, el cuchillo, la casa, el coche, el dinero... No. Necesito la consciencia de creencia. Lo que soy: un destilado de Amor Eterno. “Un destilado de Amor Eterno”. 

No se puede comprar, no se puede vender... aunque se quiera. No se puede alquilar, no se puede prestar.

Aunque esas maniobras se realicen, el destilado de Amor del Eterno está ahí: late, palpita, suspira. Y no “quiere” esto o aquello, sino que siente el amor que le promueve. 

Y así, la Llamada Orante nos sitúa en perspectivas en las que podemos dar respuestas –con actitudes, ejemplos, testimonios- ante lo que transcurre ahora. 

Un “ahora” que dura, sí... Y que durará mucho si nos fijamos en los tiempos, y no modificamos nuestra consciencia atemporal

Y al dejarla temporal... nos hacemos “Gauss”: nacemos, crecemos, nos desarrollamos, nos decrecemos y desaparecemos. 

Pero fíjense en una cosa, por favor: cuando contemplan el mar... y aparece una ola, cualquiera diría que es una curva de Gauss. Es fácil: crece, sube –incluso algún surfista estará encima-, baja... ¿y qué pasa? ¿Desaparece? 

Estarían ya secos todos los mares, ¿no? 

No. La ola rompe y se recoge hacia sí misma, y vuelve de forma inesperada y de manera distinta. Y no deja de ser mar, pero nunca ha sido Gauss. Nunca ha nacido, crecido, desarrollado y desaparecido. No. Y cada vez que hace ese movimiento, se recoge para hacer otro más... gracioso, más imprevisto, más distinto, con más espuma, con más sonido, con menos...; ¡más suave! 

El mar hace de su vivir un reflejo del Universo, y se hace eterno en su transcurso. 

El océano de amor es un palpitante muestrario de la oración que nos revela, que ¡nos llama!... para que seamos olas de creciente expectación y, en ese océano de Amor, seamos excepcionales, extraordinarios. 

Ninguna ola es igual que otra, pero todas ellas pertenecen a la unidad de esa inmensidad que se cimbrea en las tres cuartas partes de nuestro planeta... 

Que nos deja una tercera parte de tierras emergentes, para que nos demos cuenta, desde ellas, de nuestra inmortalidad... y de la consciencia de lo que somos. Y, en consecuencia, en esa agua convertirnos, como adaptables complacientes. 

La alegría de vivir resuena en nuestro cuerpo, como un signo de inmortal presencia del Misterio Creador.

No es, vivir, una agria queja permanente. 

Es, vivir, una aceptación complaciente: la que nos da acceso a esa alegría de amar y de sentirse amados... ¡resonando en una liberación constante!, diaria, nueva, extraordinaria, excepcional, ¡única!

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